2º PARTE La princesa, que había olvidado cómo amarse, miraba ese mundo con admiración y esperanza, deseando recuperar ese amor propio. Sin embargo, cuando volvía a su castillo, se sentía vacía, perdida, y todo lo que hacía era pensar en esas personas que veía desde su ventana. Para los demás, ella era una princesa activa, feliz, envidiable, pero dentro de sí misma era una figura apagada, incapaz de encontrar su propósito.
Ella hablaba poco de su castillo, y los momentos en la ventana eran los únicos en los que parecía feliz. La princesa, llamada Layla, era una mujer de ojos grandes y negros que algunos días reflejaban tristeza. Hubo un tiempo en que fue gordita y no se sentía hermosa. Tras años de exigencia y lucha, se convirtió en una mujer de músculos fuertes y figura delgada, pero su alma estaba perdida.
En su castillo había un dragón: grande, fuerte y dominante. Era quien cuidaba de Layla y del castillo, pero ella no quería ser cuidada, quería ser amada. Y, con el tiempo, el dragón dejó de amarla. Layla había renunciado a todo por él. Juntos vivieron momentos hermosos, se entendieron, se cuidaron y se amaron profundamente. Pero ahora, estar con el dragón significaba ahogo, encierro y monotonía.
Layla intentaba despertar al dragón, pero él no respondía. Había caído en la rutina, mirando una ventana aburrida, perdiendo el tiempo en cosas que no tenían nada que ver con amar a Layla. Ella, mientras tanto, se sentía cada vez más atrapada bajo sus alas.


