LA PRINCESA Y EL DRAGÓN

3º PARTE

Un día, desde su ventana encantadora, Layla se cruzó con algo que llamaría libertad. Fueron unos ojos llenos de vida, de ilusión y de ganas de vivir. Ese encuentro la sacudió profundamente. Al principio no entendía lo que había sentido, pero esos ojos quedaron grabados en su mente, y ella comenzó a reflexionar sobre su significado.

Entonces llegaron las brujas al castillo. Las brujas eran sus amigas y, aunque habían estado separadas por un tiempo, el destino las reunió de nuevo. Decidieron llevarse a Layla lejos del castillo, alejándola del dragón para intentar curar su tristeza. Layla leyó, lloró, se equivocó y buscó respuestas, pero seguía rota, perdida y asustadísima. Algo se le había olvidado, algo muy importante que había sido su razón de vivir.

Las brujas reflexionaban sobre su corazón y los pasos necesarios para sanar, pero Layla no respondía a los tratamientos. Seguía en su letargo, incapaz de recordar lo que había olvidado. Así que las brujas decidieron devolverla al castillo para cuidarla de cerca.

El dragón la recibió con promesas de cielo y juramentos de ayudarla a despertar. Layla volvió a asomarse a su ventana encantadora y allí se mostró como siempre: amable, fría y superficial. Aunque los ojos de libertad seguían mirándola, Layla sabía que algo estaba vacío en ella.

Un día, las brujas le pidieron que pintara. Layla, sin pensar, comenzó a sacar de su interior los sentimientos escondidos. Mientras pintaba, encontró lo que había perdido. Entonces lloró, lloró como nunca antes. Había olvidado a sus hijos.

Aunque los veía cada día, aunque los tenía cerca, al perderse a sí misma también había perdido las miradas de sus hijos, sus risas, sus voces. Decidió que nunca más los perdería. Supo que debía cuidarse a sí misma para poder cuidar de ellos y nunca más olvidar quién era.

Ese descubrimiento fue el paso que necesitaba para borrar la tristeza de su rostro. Desde entonces, Layla entendió que debía ser ella misma, incluso frente a la ventana encantadora. Aprendió a hablar solo con quienes valieran la pena y comprendió que los ojos de libertad solo fueron un recordatorio, no su destino.

El dragón seguía queriendo encerrarla, pero Layla comenzó a construir sus alas. Con la fuerza que le dieron sus hijos, decidió vivir plenamente, disfrutar cada día y buscar su camino paso a paso. Ahora sabía que la lucha era diaria, pero con amor propio y propósito, todo era posible.

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